Adiós al Lido, Agonía y demolición de un cine


El último de los grandes cines céntricos ya no existe más. Un millonario proyecto inmobiliario lo borró del mapa. En silencio y presa de la indiferencia, el Lido fue muriendo lentamente a través de los años, resistiéndose al destino fatal de sus pares. Pero no pudo contra una insensible política urbana que desprecia a los cines como obras arquitectónicas.

Escrito por Christian Maldonado (Texto y fotos)
Publicado en Mabuse.cl

Hasta que no ocurre, tomar conciencia de la desaparición de una sala de cine es percatarse, sin temor a exagerar, de un hecho doloroso. El cine Lido ubicado galantemente en el Paseo Huérfanos, a cuadra y media del cerro Santa Lucía, ha desaparecido. Literalmente. Un gigantesco brazo grúa se encargó en poco más de una semana de botar el letrero, las marquesinas, ventanas, cerámicas, murales, paredes, y dejar todo convertido en escombros. El cine Lido no se reconvirtió en banco o templo evangélico. No sólo desapareció como cine, se demolió todo vestigio del edificio que lo albergaba. Así termina la existencia del último de los viejos -dicen que tenía más de 70 años- y enormes cines del centro; así muere la única sala en Chile que poseía aquella magnífica y gigantesca pantalla curva envolvente, pieza del arcaico sistema de proyección soviético llamado Kinopanorama.

Hoy el lugar donde se levantaba el cine Lido de Santiago está vacío. Pronto, sin embargo, se levantará un monstruoso edificio de oficinas de 27 pisos, 37 mil metros cuadrados, y la friolera de 38 millones de dólares de inversión. La mole llevará el imaginativo nombre de Torre Huérfanos.

La sala, que como todas las de su tipo tuvo sus décadas de esplendor, comenzó a decaer en los años noventa con la irrupción de las multisalas. Ante tamaña competencia, al viejo recinto no le quedó más remedio que ofrecer una alternativa: a precio módico repusieron películas que habían terminado su ciclo por las grandes cadenas y que encontraban un segundo aire en el Lido. La estrategia tuvo cierto éxito. La sala se repletó varias veces, por ejemplo, con Titanic, ya varios meses después de su estreno oficial. Así el Lido fue el sitio predilecto para los rezagados, quienes podían ver la película que se habían perdido o que simplemente evadieron para no pagar el alto precio de la entrada de una multisala.

A pesar de ser la tendencia a la que adhirieron muchos cines del centro durante esa época, la pornografía nunca fue el destino del Lido. Su mayor cercanía al género fue la reposición de Fóllame, un bodrio francés catalogado de cine arte que había sido estrenado previamente en el Alameda. En los carteles del Lido, al igual como se hizo en el Alameda, se la promocionó con la advertencia (¿o gancho comercial?) de contener escenas de sexo explícito. Aviso que seguramente confundió a muchos espectadores habitúes de los rotativos eróticos del Roxy, Nilo o Mayo, asumiendo que el Lido se había sumado a esa cadena caliente transformándose en un cine triple equis.

A fines del 2001 luego de un período de abandono –las reposiciones son un negocio con un techo muy limitado-, el cine dejó de funcionar como tal para dar paso a la Sala de Espectáculos Lido. Ocurrió que, en un esfuerzo por revitalizar la escena revisteril –que nunca se recuperó de las noches cortas de toque de queda durante la dictadura-, con una poderosa inversión, el empresario Bernardo Carrasco trajo vedettes argentinas, y algunos espectáculos musicales estilo Broadway, principalmente importados desde el país trasandino. Se estrenaron obras de gran nivel artístico y técnico como Forever Liza o el ballet Cascanueces, conciertos musicales de artistas como la argentina Valeria Lynch, algunos importantes intérpretes de tango, y hasta los locales Beatlemanía. Lo más fascinante y paradojal de esta época fue que las chicas de lentejuelas y plumas debieron “compartir” el camarín con los pastores de un templo evangélico. La proliferación de templos que han ocupado antiguas salas de cine (como la del histórico cine Continental) ha permitido al menos que la estructura arquitectónica se mantenga y el cine corra menos riesgo de ser demolido. Pero la diferencia en este caso particular radicaba en que los espectáculos musicales debían alternarse con el culto evangélico. Durante los días laborales de la semana el Lido se entregaba a los oficios religiosos, pero los viernes y sábados eran para los shows. No había más remedio: compartir la sala era la única manera de financiarla.

A pesar de la calidad de los espectáculos y de ser en muchos casos estrenos únicos en la capital, la apuesta bohemia, novedosa, arriesgada, a esta altura casi única en Santiago, no tuvo mucha acogida. Con su fin, el centro religioso Cristo, tu única esperanza también debió cerrar.

Luego, la sala volvió a reabrirse como cine pero ahora bajo el nombre de Centro Cine Lido de la mano de Emilio Egnem, un empresario dedicado desde hace años a la explotación de salas de cine tradicionales. La idea de Egnem no era competir con las multisalas sino más bien funcionar como una opción popular con precios bajos y una orientación más familiar (cada Semana Santa, por ejemplo, se programaba Jesús de Nazareth de Zeffirelli). Algo parecido a lo que se estaba haciendo antes en el mismo Lido y en el cine Capri antes de convertirse en triple equis. Lo que diferenció la gestión de Egnem fueron, por ejemplo, los ciclos temáticos musicales, siendo el más célebre el del desaparecido cantante Sandro. El ciclo de las películas setenteras del idolo argentino fue un éxito rotundo. La sala se repletaba de seguidores que vibraban con las tramas absurdas, los diálogos ridículos, las pésimas actuaciones, y sobre todo, con las canciones que coreaban a todo pulmón. A tal punto llegaba el fanatismo que muchos espectadores gritaban a los personajes de la pantalla, indignados por la perfidia de los malos o alentando a Sandro, el bueno, para que les diera su merecido. Tan significativa fue la convocatoria que se anunció otro ciclo con las películas del cantante español Raphael. Sin embargo, a pesar de estos intermitentes “éxitos de taquilla”, la sala no pudo consolidarse y finalmente, en un último intento, se volvió a programar películas al estilo rotativo con precios aún más bajos y promociones dos por uno. Si usted iba solo, pagaba mil trescientos pesos. Si iba acompañado, pagaba solamente dos mil pesos por ambos, con el beneficio de poder repetirse la película cuantas veces quisiera, como solía ser la costumbre en los viejos tiempos de los rotativos. Hubo momentos en que la entrada incluso llegó a costar solamente setecientos pesos y los días miércoles quinientos. Hasta en el diario La Cuarta se regalaban cupones 2 x 1.

En esta lucha por la supervivencia, se debió alternar la programación de películas con el arriendo de la sala para realizar funciones de obras de teatro (que incluyó hasta una reposición de la emblemática La Pérgola de Las Flores, con Carmen Barros incluida), festivales de rock, festivales de música cristiana, festivales de cine nipón, espectáculos de cabaret, conciertos de tributo a The Beatles, Sandro y Camilo Sesto, eventos de empresas y congresos de diversa índole. Respecto a esto último, la más llamativa fue la cumbre subversiva latinoamericana a finales del año 2006. Se trató de un evento organizado por el Frente Patriótico Manuel Rodríguez que convocó a los más importantes grupos radicales e insurgentes de extrema izquierda de todos los países latinoamericanos con la finalidad de debatir sobre las proyecciones de la lucha revolucionaria en América Latina. La realización de este cónclave irritó considerablemente a personeros políticos de los partidos de derecha y el gobierno debió redoblar la vigilancia para que no ingresaran al país sujetos con orden de arresto internacional. En realidad, Emilio Egnem no pensaba en política, sino simplemente en arrendar la sala al mejor postor.

En sus últimos días, como cierre de lujo, se programaron algunas joyas de la cinematografía como La pandilla salvaje de Sam Peckinpah y Bonnie and Clyde de Arthur Penn. También se exhibieron Doctor Zhivago y varias cintas de la serie de James Bond del período Sean Connery. ¡Todas proyecciones en copia cine!

Así fue sobreviviendo la sala, con sus butacas rotas, la pantalla manchada, en franco deterioro, pero con vida. Hasta que un día indefinido en la memoria, el Lido cerró definitivamente sus puertas.

¿Alguien sabe en qué momento exacto se cerró el Lido? Simplemente un día cualquiera, al pasar por ahí, el cine ya estaba clausurado, enrejado. ¿Para siempre? “Ojalá que no. Ojalá sea sólo algo momentáneo. Ahora, si vuelve a abrir, prometo que vendré más seguido”. Como suele ocurrir, uno siente el golpe cuando los hechos están consumados. A pesar de estar en una muy buena ubicación, en el centro mismo de la ciudad, relativamente cerca del barrio de las Bellas Artes, del Metro, en una cuadra de alta afluencia que posee varias librerías importantes, restoranes, cafés, galerías, un museo, un banco, la tienda de galletas Tip-Top, y un edificio que se llama “Lido” (seguramente debido al mismísimo cine), el Lido sucumbió frente a la comodidad de las butacas y la calidad técnica de proyección y de sonido del cine Hoyts de Huérfanos, otrora Rex, multisala ubicada a un poco más de media cuadra hacia abajo, cruzando Mac-Iver.

En muchas de las ciudades importantes del mundo, existe una sala de cine o teatro de nombre Lido, nombre de gala, sinónimo de elegancia, tomado del famoso teatro parisino. Nuestra capital ya ha perdido el suyo. El cine Lido de la calle Huérfanos se fue muriendo en una lenta agonía de la que pocos se percataron, agonía a la que a muy pocos importó. Esa indolencia es la que en gran medida ha animado estas líneas. La indiferencia de los transeúntes habituales que solamente se quejaban del olor a gato que emanaba tras las rejas que clausuraban la entrada, la indiferencia de la mismísima “gente de cine”, adicta a los Festivales, las salas de Cine arte, del Hoyts de La Reina.

Es cierto también que hubo otras muertes silenciosas como la de los cines Central y Huérfanos (ya ni siquiera queda su característico letrero colgante), del cine Imperio, del legendario cine y teatro Astor, del cine Montecarlo en la Galería España; u otras más notorias como las del Santa Lucía (demolido también como varios de la zona oriente: Las Condes, El Golf y Las Lilas) o recientemente el Pedro de Valdivia o el Prat, último baluarte de los rotativos populares. Muertes sin deudos, decesos sin importancia, del mismo modo como a casi nadie le importó que cerraran el Bar Inglés, el restorán El Marino, el Rincón de los Canallas o el City Bar, dejando a nuestro Santiago Centro cada vez más despojado de sus lugares tradicionales.

Entonces ¿por qué hablar del Lido y no de otro? No es una arbitrariedad. Simplemente no se suele escribir sobre las salas de cine, menos aún de aquellas que desaparecen. Ocurre y seguirá ocurriendo. Lo del Lido pasó hace poco, en un proceso lento, a la vista y paciencia de todo el mundo, y escribir estas líneas es refrendar un poco lo que no se hizo ni por este cine ni por los otros. La ausencia de documentos, fotografías, videos (en la época en que hay más acceso para hacer registros) nos está dejando sin memoria de estos lugares que tienen una importancia significativa. ¿A dónde van a parar las butacas de los cines que se desmantelan?, ¿Podremos transmitir cómo se sentía estar sentado frente a la pantalla Cinerama del cine Santa Lucía?, ¿Qué destino tendrá el mural pintado por Nemesio Antúnez en las paredes interiores del cine Huelén, que fuera el cine infantil por excelencia, clausurado hace años? ¿En qué año se inauguró el cine Lido? ¿Qué edad tenía realmente?…

Las salas de cine también son parte importante del cine. Si bien es cierto que, producto de la mala calidad de nuestra cartelera comercial, monopolizada por el cine de Hollywood, desde hace un tiempo las películas realmente interesantes tenemos que conseguirlas en DVD, verlas en Festivales o bajarlas de Internet. Pero es en la oscuridad comunitaria de la sala de cine en donde se dan las condiciones óptimas para que se pongan en tensión los sentidos que permite apreciar la verdadera naturaleza de la obra, donde ocurre la hipnosis que nos permite suspender la realidad cotidiana para entrar en el juego de la abstracción, donde se sociabiliza el evento cinematográfico. Esto ni siquiera es romanticismo, es un hecho: no hay mejor lugar para ver y apreciar una película que en una sala de cine. Es el lugar primigenio, idóneo para ver las películas, para vivir en serio la experiencia cinematográfica. Y más aún, hay películas que sólo funcionan si se ven de esta manera. Pienso en los films de Rohmer, de Tsai Ming Liang, por dar sólo un par de ejemplos, cuando tenemos la inédita fortuna que una película de cineastas como ellos llega a nuestra cartelera.

Había algo mágico en asistir a una sala de cine, algo que tenía que ver con el ritual de ir-al-cine: hacer fila para la boletería con cierta ansiedad, comprar la entrada, traspasar el foyer, comprar un dulce en la confitería, abrir la cortina, seguir la luz de la linterna del acomodador y darle su propina, sentarse en la butaca y compartir con gente que no se conoce la experiencia sensorial de la pantalla, ver la película que puede cambiar tu vida o que ayudará a esa particular educación sentimental que forma el cine. Y es que en cierta manera, cada vez que entramos a una sala, los adultos volvemos a ser los mismos niños que, llevados de la mano por nuestros padres, abuelos, tíos, hermanos mayores, vimos las películas que nos marcaron, pues volvemos a dejar abierta nuestra capacidad de asombro.

Como corolario a esta historia, dos datos curiosos. Emilio Egnem, el último administrador del Lido, se trasladó a Osorno y reabrió, nada menos, el antiguo cine Lido de esa ciudad. Una extraña y feliz coincidencia.

Por fortuna, de las más de mil butacas del cine Lido de Santiago –esa era su impresionante capacidad-, aproximadamente unas doscientas fueron rescatadas por un par de mueblistas-artistas que las han restaurado para su venta particular como objeto vintage. Será lo único que quede como memoria del viejo Lido.

A la izquierda, el Lido en mejores días; al centro, el sitio eriazo que quedó tras la demolición; a la derecha, la futura Torre Huérfanos, 27 pisos de oficinas, 37 mil metros cuadrad

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Acerca de Cineteca Universidad de Chile

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2 respuestas a Adiós al Lido, Agonía y demolición de un cine

  1. Trippas dijo:

    Chile, solo busca crear un pais lleno de edificios aereodinamicos. si ven un pilar de estilo romano encuentran que estan en un edificio rasca.
    muchos se quejan que es muy caro ir al cine, pero se compran toda las semanas un ticket para ir a skiar al Colorado.

  2. evelyn dijo:

    …triste ver como nuestro patrimonio arquitectónico y cultural ha ido desapareciendo.,curiosamente bajo la administracion de alcaldes reñidos con lo cultural y con gran apetito de *inversiones mediáticas* que le suben el *plus a su gestión* y llenan sus arcas. Sin embargo son los mismos que viajan a Francia,Alemania;Italia,Grecia,etc a *admirar* las obras arquitectónicas y antiguas de dichos paises….¿¿??.
    Por otro lado,los que lo*sentimos*,tampoco salimos a protestar a las calles o colectar firmas y *hacer algo*………

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